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Puebla, donde el barroco se vive con todos los sentidos

Rose fachada Puebla

Conocer lugares nuevos me encanta y es mi primera vez en Puebla, una ciudad a casi tres horas de Ciudad de México.

Sabía poco del lugar, pero me empapé unos días antes conociendo la Puebla antigua a través de una serie de Netflix llamada Mal de amores, que transcurre ahí.

Ver o leer algo sobre un lugar antes de ir despierta la imaginación, que va aterrizando en la realidad a medida que conocés las calles adoquinadas del zócalo poblano y su casco antiguo cargado de historia.

Pero no solo su historia está cargada, porque Puebla no parece haber conocido el miedo al exceso en ningún sentido.

Su barroquismo no está solamente en sus iglesias: es una manera de ocupar el espacio, de mirar y hasta de celebrar la vida.

Definamos barroco.

El barroco es un estilo artístico y cultural que surgió en Europa entre fines del siglo XVI y el siglo XVII, y que buscó emocionar, sorprender y conmover.

Frente a la proporción, el equilibrio y la serenidad del Renacimiento, el barroco apuesta por la abundancia, el movimiento, el contraste, la teatralidad y la ornamentación. No le tiene miedo al exceso. Todo lo contrario: lo utiliza como una manera de comunicar.

Más allá de la arquitectura o el arte, Puebla me demostró que también es una forma de sensibilidad. Algo barroco tiene capas, detalles, contrastes; invita a descubrir una cosa detrás de otra.

El barroco poblano se expresa en las fachadas que parecen bordadas en piedra, en las cúpulas cubiertas de azulejos, en la Talavera que convierte una pared en un suspiro que te deja sin aliento, en los dorados que encandilan, en los ángeles que, como símbolo, abundan y despliegan sus alas en diferentes partes de la ciudad, en las flores y en las columnas que casi no dejan lugar al vacío.

Cocina barroca

Lo que a mí me resultó más interesante es que esa exuberancia desborda lo religioso.

Está en los patios, en la vajilla, en los textiles, en los dulces dispuestos como pequeñas joyas en una calle dedicada exclusivamente a ellos y también en una cocina construida por capas: el mole poblano es casi barroco en sí mismo.

Muchos ingredientes, contrastes, especias, profundidad, dulzor, picante, color. Nada ocurre en una sola dimensión.

Y yo justo llegué en la temporada de los chiles en nogada, un plato típico conocido a nivel internacional que es uno de los reflejos más deliciosos de ese barroquismo poblano. Es barroco desde su presentación hasta su forma de preparación.

No son pimientos rellenos.

Son chiles poblanos en su estado verde de maduración, rellenos de peras lecheras, duraznos criollos, manzanas panocheras y nueces de Castilla. Todos productos de estación y con un proceso que ni la tecnología más moderna intenta acelerar, porque el proceso es parte de ese sabor del que se enorgullecen los poblanos.

Es por eso que Puebla no solo se ve barroca: se siente barroca a flor de piel.

Hay una permanente estimulación de los sentidos. El ojo no termina de recorrer una fachada íntegramente recubierta de azulejos cuando, de repente, encuentra otro detalle que distrae la mirada; el paladar descubre sabores sucesivos; las campanas irrumpen y transforman el paisaje sonoro; y el perfume de la comida inunda las calles.

El barroco nació, entre otras cosas, para provocar emoción, asombro y teatralidad. Y Puebla conserva extraordinariamente esa vocación: no quiere que uno simplemente observe; quiere conmoverlo.

Y eso me pasó en tres de los exponentes más elevados del barroquismo poblano: la Catedral, la Biblioteca Palafoxiana y la Capilla del Rosario, que me terminó de sacar el aliento. Es imposible no conmoverse con lo que la fe y las manos humanas son capaces de hacer y transformar. Hoy son edificios vivos que presumen, y con justificación, una belleza que te obliga a estar un buen rato con el cuello quebrado para apreciar cada detalle.

Por eso, caminar por la parte histórica de Puebla produce una sensación curiosa: la de una ciudad que, con sus múltiples calles adoquinadas y paredes coloridas, parece detenida en el tiempo y, al mismo tiempo, intensamente viva.

Una ciudad donde el “más es más” no resulta necesariamente vulgar, porque detrás del exceso hay oficio, hay tradición y, lo más importante, hay significado.

Puebla es barroca porque ahí la belleza no susurra. Se ofrece, se multiplica, se adorna y sale al encuentro.

Y la Angelópolis, o Ciudad de los Ángeles, como la llaman, permite llevarlo aún más lejos: ahí el barroco no solo se mira, se come, se toca, se escucha o se vive.

El barroco abruma, empalaga, sofoca, ensordece, invade y te eriza.

Puebla no pasa desapercibida.

Te la llevás seguro en alguno de los sentidos, porque tiene la capacidad de convertir la abundancia en emoción.

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