Hoy empiezo un nuevo viaje, una nueva aventura hacia un lugar del que escuché, vi en fotos y estudié cuando me formaba como sommelier. Viví 45 años en Argentina y conocí gran parte del país, pero nunca visité Salta.
Había algo que me sonaba y resonaba constantemente con ese destino que me sacaba un suspiro cada vez que la veía en un documental o en una foto; tenía una asignatura pendiente con “La linda”, así la llaman.
La ilusión de un destino desconocido siempre le agrega emoción a la experiencia y siendo sincera, no esperaba mucho del primer día con dos vuelos seguidos de un largo tramo en carretera, con todo lo que eso implica.
Un día de traslados, alquiler de auto, de empanadas en el camino, y un trayecto sinuoso que presentí sería eterno de solo pensar que tenía que conducir durante tres horas y media a mi destino después de un día que empezó muy temprano.
Pensar por anticipado es de los peores errores que podemos cometer porque te predispone negativamente.
Y eso fue exactamente lo que me pasó, pero la naturaleza y la divinidad entera hicieron que ese pensamiento se revirtiera por completo.
La Ruta 68 sale desde la ciudad de Salta con la timidez de lo cotidiano, entre casas, ruido y vida urbana pero después de la primera hora de trayecto la cosa empezó a cambiar.
El paisaje se desprende de todo como quien se quita capas para quedarse en lo esencial. Primero tímidamente y a medida que transitaba, la experiencia fue absolutamente inmersiva.
La tierra se vuelve roja, encendida como si conservara el calor de siglos.
Las montañas se alzan a los costados esculpidas por el viento con paciencia infinita formando catedrales de piedra dentro de la quebrada de Las Conchas.
La naturaleza entera con toda su magnificencia se apodera de uno y te devuelve a tu lugar dejando bien claro quien manda, quien impera y quien gobierna nuestro planeta.
Es indescriptible y paradójicamente, descriptible a la vez con cientos de coloridos e interminables adjetivos que irrumpen desde lo sensorial hasta lo emocional.
Hay dos cosas imposibles de describir o de captar en una foto, que son la escala, y el silencio; un silencio que lejos de marcar ausencia, se adueña del lugar con una presencia profunda y soberana.
El camino serpentea entre formaciones que parecen vivas, formaciones que por momentos son castillos, monjes, barcos, anfiteatros naturales, o lo que tu imaginación interprete. Donde la luz cambia a cada minuto, pintando las rocas de tonos que van desde el rosado violáceo hacia toda la gama de ocres.
Hay un momento en el que todo se detiene, el tiempo la mente, la urgencia y solo queda el paisaje respirando profundo.
Inevitablemente detuve el auto para consagrarme a ese espacio de absoluta magnificencia.
Y cuando finalmente advertí Cafayate a lo lejos, no quería llegar.
Quería que esa ruta siguiera eternamente.
Ese camino contra el que mi mente se resistió antes de siquiera empezarlo, me regaló la mejor experiencia de mi vida y no exagero.
Cada curva era una sorpresa, una forma y un color.
Fue como si en cada curva la naturaleza me tuviera un regalo diferente preparado y cada regalo era más grande, más impactante.
La llegada al Valle del vino se presenta como una revelación suave, con viñedos que brotan en medio del desierto, verde sobre rojo, vida donde parecía imposible y una pequeña ciudad que es bálsamo después de un recorrido intenso por toda las emociones que afloran.
Un recorrido que no conecta un punto con el otro, te conecta con la naturaleza más suprema y te transforma en el trayecto.
Gracias a Travel Services por la organización de este viaje y por el cuidado puesto en cada detalle. Si están pensando en vivir una experiencia similar, pueden hacer su consulta por WhatsApp al +5491157207452, desde este enlace directo: https://wa.link/k3pcpl, o a través de la cuenta de Instagram @tailormadebytravelservices.



