Hoy fue el turno de las bodegas.
Tengo especial cariño por los vinos argentinos y sobre todo por los salteños. Tienen un carácter especial y si bien el suelo es responsable, el clima lo es aún mas: seco, pocas lluvias, amplitud térmica y una insolación que le regala un potencial alcohólico que los hace únicos.
Visité solo dos bodegas a pesar de que hay unas 25 en el valle. Me gusta apuntar dos por día y recorrerlas con tranquilidad.
Empecé por Viñas en Flor. Romántica y con una impronta femenina exquisita, al igual que sus vinos.
Después de almorzar delicioso rodeada de viñas y miles de rosas, visité Yacochuya.
Yacochuya tiene mi tinto preferido homónimo y el torrontés, que es la cepa blanca emblema de la Argentina junto con la malbec.
Pero no me voy a concentrar en los vinos, sino en lo que sucedió posterior a cada visita.
Los dueños de cada establecimiento, Maria en Viñas en flor y Marcos de Yacochuya me recibieron en sus casas a comer.
Fueron invitaciones espontáneas pero verdaderas. Esas que salen del alma y que uno acepta con honor no solo por estar en otro país, sino porque a mi, vaya uno a saber porqué, son pocas las personas que me invitan a las casas a comer.. tal vez porque se sientan observados, cosa que (por las dudas aclaro) jamás hago.
Estos gestos me abrazaron.
No hubo nada extraordinario en la forma en que me recibieron.
Y, sin embargo, algo en mí se sensibilizó.
No hubo grandes despliegues, ni palabras estudiadas, ni sonrisas ensayadas.
Fue un “veinte” dicho sin esfuerzo, y una copa de vino que apareció antes de que pudiera pedirlo.
Como si mi presencia no fuera un evento, sino una continuidad.
Y en ese vacío de expectativas de uno y otro lado, algo se vuelve posible: bajar la guardia y disfrutar. Validar la espontaneidad, la sinceridad y el gesto de generosidad tan amoroso que implica recibir y abrir las puertas de tu casa, para mi no tiene precio.
Esas experiencias humanas que no estaban dentro del itinerario, me hicieron el día.
Hay una forma de calidez que no busca ser vista. No necesita validación, ni reconocimiento.
No se ofrece para ser recordada, ni fotografiada, ni contada ni siquiera retribuida.
Sucede, simplemente.
Y tal vez por eso deja una marca más profunda. Porque no entra por los ojos, entra por los sentidos.
Quizás por eso se experimenta en el cuerpo antes que en la conciencia. Es una relajación difícil de nombrar: los hombros bajan, la voz se vuelve menos tensa, los gestos pierden rigidez.
Como si, por un momento, se suspendiera esa vigilancia interna tan mía, que regula cómo estar frente a los demás.
Esta hospitalidad no busca ser reconocida como tal. No se ofrece para ser narrada, ni para acumular valor simbólico.
Está despojada de intención performativa. Y en ese despojo aparece su dimensión más radical: no hay deuda.
Nadie espera que agradezcas de una manera específica, que registres el momento, que lo devuelvas en forma de elogio o memoria. La relación no se organiza en términos de intercambio. Y es justamente ahí donde algo se vuelve más libre.
Pensándolo así, esta forma de recibir se acerca más a una ética que a una práctica.
No se trata de “hacer sentir cómodo” al otro, como si el otro fuera un problema a resolver, sino de no interrumpir su posibilidad de estar. De no imponer una escena en la que deba ubicarse.
Y eso, para mi, es la base de la hospitalidad sin esfuerzo.
En ese sentido, esta hospitalidad no incorpora al otro mediante un gesto de inclusión explícita.
No dice “te hago lugar”. Más bien, actúa como si el lugar ya estuviera dado. Como si no hubiera que abrir nada, porque nunca estuvo cerrado.
Hay, en esta ausencia de espectáculo, una confianza implícita: la de no necesitar controlar la percepción del otro. No hay ansiedad por cómo se es visto.
Y eso produce un efecto inesperado en quien llega: la posibilidad de disfrutar siendo parte.
Me di cuenta de que no me estaban “recibiendo”.
Estoy, de algún modo, ya incluida.
Hay una coexistencia sin énfasis. Y en esa falta de énfasis, algo raro sucede: uno deja de sentirse invitado… y empieza, sin saber bien cuándo, a sentirse parte.
Y entonces entiendo: hay hospitalidades que no invitan, pero que siempre hacen un lugar.
Gracias a Travel Services por la organización de este viaje y por el cuidado puesto en cada detalle. Si están pensando en vivir una experiencia similar, pueden hacer su consulta por WhatsApp al +5491157207452, desde este enlace directo: https://wa.link/k3pcpl, o a través de la cuenta de Instagram @tailormadebytravelservices.


