Me recomendaron muy especialmente que visitara el mercado de Chichicastenango, uno de los mercados indígenas más grandes de Centroamérica y para eso tuvimos que hacer coincidir el itinerario de viaje, porque abre únicamente los jueves y los domingos.
Llegar allí desde Atitlán lleva una hora, y un poquito; no porque sean muchos kilómetros, sino por los caminos, que son algo estrechos y muy sinuosos.
Entrar a un mercado en Guatemala es sumergirse en una explosión de colores, aromas y voces.
Los pasillos se convierten en un laberinto donde conviven innumerables cantidad de frutas tropicales, verduras, flores recién cortadas y textiles bordados a mano.
El aire huele a muchas cosas a la vez.
Por momentos a copal, a maíz tostado y en otros a especias, o el aroma de las tortillas asadas en las calles que se se filtra sin discreción.
Entre los puestos, las conversaciones se mezclan en español y en lenguas indígenas, mientras las manos negocian precios con una naturalidad heredada de siglos de comercio. No es solo un lugar para comprar y vender: es un punto de encuentro donde la vida cotidiana, las tradiciones y la identidad cultural de Guatemala siguen latiendo con fuerza.
Y entre el color y el bullicio destacan las mujeres mayas envueltas en huipiles de colores imposibles.
Las mujeres mayas desafían la gravedad con una elegancia que se transmite de generación en generación.
Acá me detengo especialmente; hay algo profundamente conmovedor en las mujeres mayas que caminan con enormes canastos sobre la cabeza.
No los sostienen con las manos.
Los sostienen con el cuerpo entero.
La espalda erguida, el cuello sereno, el paso firme.
Parecen desafiar la gravedad con una elegancia que no fue aprendida en una escuela de danza, sino transmitida de generación en generación.
Como si cada hija recibiera de su madre no solo la técnica para equilibrar el peso, sino también una manera de habitar el mundo: con dignidad, con fortaleza y sin estridencias.
Me podría pasar horas observándolas y no puedo no imaginarme en ese lugar, tratando de desafiar el equilibrio con la misma destreza.
Me conmueve porque en Occidente se suele asociar la elegancia con el lujo o la sofisticación mientras que ellas nos recuerdan que también puede nacer de la necesidad, de la repetición cotidiana y de una cultura que convierte el esfuerzo en armonía.
No es la fuerza lo que impresiona, porque no cargan demasiado peso, sino la naturalidad con la que sostienen.
Como si esa capacidad hubiera pasado de madres a hijas, hasta convertirse en una memoria del cuerpo. Una herencia silenciosa donde el equilibrio se hace propio y el milagro está en dejar las manos libres.
El cuerpo encontró un eje tan preciso que las manos quedan disponibles para saludar a un vecino, tomar a un hijo, acomodar un tejido o simplemente caminar.
Admirando el equilibrio no pude no compararlo con la vida misma.
Todos cargamos algo. La diferencia está en cómo lo hacemos.
Cuando encontramos nuestro centro, las cargas dejan de inmovilizarnos y nuestras manos vuelven a estar libres para lo verdaderamente importante: crear, cuidar, acariciar, dar y recibir.
Quizá por eso da la impresión de que la gracia de estas mujeres fuera heredada.
Porque más que una técnica para transportar un canasto, transmiten de generación en generación el arte de sostener sin dejar de vivir.
En Chichicastenango comprendí que la cultura maya no pertenece al pasado. Está viva.
Respira en el humo del copal que asciende por las escalinatas de Santo Tomás, fiel exponente del sincretismo religioso, en los colores de los textiles, en las coloridas tumbas de su pintoresco cementerio y en un mercado donde el comercio sigue siendo, también, una forma de preservar la memoria.

Gracias a Travel Services por la organización de este viaje y por el cuidado puesto en cada detalle. Si están pensando en vivir una experiencia similar, pueden hacer su consulta por WhatsApp al +5491157207452, desde este enlace directo: https://wa.link/k3pcpl, o a través de la cuenta de Instagram @tailormadebytravelservices.

