Los volcanes son parte de la geografía, de la vida y la belleza de Guatemala.
Están allí amenazantes custodiando el paisaje imponiendo respeto con su inmensidad. Son 37 en total, activos o dormidos pero nunca inadvertidos.
Por eso cuando me propusieron escalar uno, no me pude negar porque junto con los terremotos, son parte de la historia de este país. Historia de pueblos arrasados por la lava y de edificios que hoy ostentan una belleza única con sus ruinas.
El volcan que subí es el Pacaya, a una hora y media de Antigua.
Mide 2500 de altura y su ultima erupción fue en 2021.
Nadie llega a la cima de un volcán por accidente.
Hay que elegir el camino, y elegir un camino, significa inevitablemente renunciar a otros.
La vida también funciona así; cada decisión importante nos pone frente a una pendiente que tenemos que recorrer paso a paso, sin garantías, sin atajos, y muchas veces, sin saber exactamente con qué nos vamos a encontrar más adelante.
El sendero hacia el volcán me regaló otra lección, no sólo se ve, también se siente.
Soy muy sensible a los aromas y me animo a decir que el olfato siempre me guía más que la vista. En el antiguo imperio romano los sentidos tenían diferentes interpretaciones y el olfato estaba ligado a las percepciones, por eso cuando intuimos algo solemos decir que “algo nos huele bien o algo nos huele mal”.
A cada paso aparecían aromas distintos.. por momentos, el aire traía el perfume delicado de los jazmines y las madreselvas, unos metros más adelante, el olor áspero del estiércol de los caballos que llevaban en sus lomos a aquellas personas que no se animaban a hacerlo a pie.
A veces el camino olía delicioso y otras veces no tanto, como la vida misma.
Hubo un momento además, en que la pendiente se volvió más exigente, el terreno era inestable y mi cuerpo empezaba a sentir el esfuerzo acumulado, sobre todos las rodillas, que se suelen quejar cuando las exijo en subida.
Entonces, les confieso que hice algo que no siempre me resulta fácil hacer: Pedir ayuda.
Le pedí permiso y tomé el brazo del guía y durante un tramo dejé que su experiencia compensara mis limitaciones.
Hay caminos que podemos recorrer solos y otros en los que avanzar, implica apoyarnos en alguien más.
Hay etapas luminosas, encuentros que perfuman nuestros días y nos hacen creer que todo va a ser fácil… pero también hay momentos incómodos, personas que nos desafían y situaciones que quisiéramos evitar.
Sin embargo, el camino combina las dos cosas.
Pretender quedarnos solo con los jazmines, sería tan absurdo como negar la existencia de los aromas que nos disgustan. El secreto es atravesarlo todo con los sentidos bien despiertos.
Cuando acepto que cada paso tiene algo que enseñarme, que cada paisaje tiene una historia que contarme y cada aroma agradable o no, forma parte de la experiencia completa, el sentido cambia por completo.
Cuando finalmente llegué a la cima y contemplé aquella inmensidad de roca color carbón, entendí que el premio no era únicamente haber llegado, sino que era haber estado presente durante todo el recorrido y hacerlo a conciencia.
Lo mejor de todo es que la sorpresa apareció cuando ya no lo esperaba.. sobre la lava negra del volcán nos esperaba una pizza recién horneada.
Esa escena improbable, me recordó que los caminos difíciles suelen reservar recompensas inesperadas.
No siempre son grandiosas ni trascendentes a veces tienen la forma sencilla de una pizza clásica y de un descanso merecido.
Probablemente haya sido la pizza más cara que comí en mi vida, y también una de las mejores.
No porque tuviera ingredientes extraordinarios, ni porque algún crítico gastronómico le hubiera otorgado una distinción especial.
Era una pizza sencilla, horneada sobre el calor de un volcán, después de una larga caminata cuesta arriba y con un paisaje imposible, desplegándose frente a mis ojos.
Mientras la comía pensé que, en realidad, no estaba pagando por una pizza, sino que estaba pagando el privilegio de ese instante.
Hay momentos en los que el precio deja de ser la medida de las cosas.
Lo que vale no es el objeto, sino la experiencia.
La sorpresa.
Lo improbable y la historia que me voy a llevar conmigo mucho después de qué el sabor haya desaparecido.
Comer una pizza en la cima de un volcán activo, después del esfuerzo de llegar hasta ahí pertenece a otra categoría; a la de los recuerdos que nos acompañan para siempre y para mí, cuando algo logra convertirse en recuerdo, incluso antes de haber terminado de vivirlo, entonces sé que estoy frente a algo verdaderamente valioso.
Y la mejor pizza de mi vida no tuvo tanto que ver con el sabor de sus ingredientes sino del sabor irrepetible de aquel momento vivido y de un entorno que ni la más audaz de las imaginaciones habría podido anticipar.
Debe ser por eso que me gusta tanto caminar, porque hacerlo me recuerda que todos los caminos están llenos de sorpresas que se te cruzan y que el verdadero secreto no sucede cuando alcanzamos una meta, sino mientras caminamos hacia ella.
Estamos acostumbrados a admirar las cumbres y a olvidar que todo logro tiene detrás una cuesta y que la cima es apenas un instante.
Por eso subir un volcán, para mi, fue lo más parecido a vivir, porque el verdadero viaje ocurre durante el trayecto.
Hay momentos en los que el precio deja de ser la medida de las cosas.
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