Me gusta amanecer temprano.
Por más que me acueste tarde, la mañana me cautiva. Es la hora en la que funciono, pienso, me inspiro y muchas veces salgo a caminar, sobre todo estando de viaje.
Las mañanas en cada lugar del mundo son diferentes y me gusta ver cómo se despierta la gente.
En México, la mañana no empieza solamente con el sonido de un despertador. Empieza con un aroma.
Muy temprano, mientras la ciudad se despereza, las calles ya están cocinando. Aparecen los primeros puestos callejeros y con ellos, una de las costumbres que más me gusta ver: desayunar en la calle.
Dicen que el desayuno es una de las comidas más importantes del día. Aquí, además, parece ser una de las más vivas.
El día empieza con salsas multicolores, sabores picantes y aromas que mezclan lo culinario con lo urbano.
El puesto callejero reduce las distancias. Entre quien cocina y quien come casi no existen intermediarios.
Uno ve las manos que preparan el taco, escucha la plancha, percibe el humo, reconoce los ingredientes, pregunta qué salsa pica más.
La cocina deja de estar escondida detrás de una puerta y se convierte en una escena compartida.
Cada puesto tiene su propio llamado. No necesita cartel luminoso ni publicidad: lo anuncia el aroma.
El maíz caliente de una tortilla recién hecha, los tamales que todavía guardan el vapor al abrirse, mujeres dando forma a las masas, manos que acomodan una quesadilla sobre el comal, el café de olla que presume de su aroma a la distancia, el chile, las salsas…
La comida callejera mexicana es hospitalaria y democrática porque sale al encuentro de la gente.
No necesita una puerta que se abra, una recepción ni una mesa formalmente puesta.
Se instala donde transcurre la vida: en la vereda, en una esquina, frente a un mercado, a la salida del trabajo, alrededor de una plaza.
No pregunta quién sos antes de alimentarte. No exige reserva, invitación, código de vestimenta ni pertenencia. El que llega, pertenece. Y esa es una de las definiciones más hermosas de hospitalidad: crear, aunque sea durante diez minutos y alrededor de un taco, la sensación de que hay lugar para todos.
México transmite algo esencial: para ser hospitalario no siempre hay que tener una casa.
A veces basta una esquina, una plancha caliente, algo rico para ofrecer y la voluntad de hacerle un lugar al otro.
Y esto, en lo personal, me encanta y me toca muy de cerca porque toda la vida trabajé en el arte de recibir.
Estoy convencida de que la verdadera hospitalidad empieza cuando alguien siente que puede acercarse.

Esta es una de las cosas más atractivas de la cultura gastronómica mexicana: antes de que la ciudad termine de despertarse, alguien ya encendió el fuego para alimentar a los demás.
México no solo despierta en la calle.
México despierta comiendo.
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