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Misterios de la naturaleza

simplemente rose-viaje costa rica

Hoy la visita fue al volcan Poás, uno de los cráteres activos más grandes del mundo.

Pocos volcanes en el planeta permiten estar tan cerca de un cráter activo. 

La intención del día de hoy era dejarme sorprender. 

Todo lo buscamos, lo miramos antes en fotos, en las redes y cuando estamos cara a cara con nuestro objetivo, pareciera que ya lo conocemos de memoria. 

Pero hay una foto que es la que no vamos a encontrar jamás en ninguna parte y tiene el peso de la subjetividad. Es la foto de nuestra propia mirada; de ese lente personal que pone el foco de acuerdo a nuestras percepciones, estado de ánimo y de la capacidad de dejarnos sorprender por lo real que tan bastardeado está por lo virtual, al punto que no lo reconocemos.

La foto real no es perfecta.

Es como lo ves y como se deja mostrar en ese momento exacto.

La sensación fue impactante.

Pero no fue la cercanía con el volcán lo que me impactó, fue la cercanía con la inmensidad.

Estos lugares tan imponentes te redimensionan, te devuelven a tu lugar, te ponen en escala y te dejan en claro que la naturaleza es la que manda siempre y que contra ella no se lucha.

Sentirse pequeña frente a la inmensidad, es una sensación muy liberadora. 

visitando el volcán poás

 

¿Cómo llegar?

Para llegar al Poás hay que caminar un sendero en subida, medianamente exigente, rodeado de un bosque tropical y pasando por diferentes microclimas que te descolocan en segundos.

Nada es constante, todo puede cambiar con un parpadeo.
Como siempre, lo primero que percibo son los olores y en este caso el sulfuroso volcánico me dio la bienvenida. Debo confesar que no fue amable; el olor es punzante y por momentos incómodo.

La nariz lo siente, también los ojos y la garganta, en mi caso.

Sin llegar al cráter, pude sentir su majestuosa presencia, dominante y soberana.

Los 700 metros que tenia que caminar parecieron más largos de lo que pensaba. Por momentos caminaba bajo una llovizna incesante, por momentos salía el sol.

Hacía frío, hacía calor y los veinticinco microclimas salieron a demostrarme que no eran cuento, eran reales.

Me gusta entregarme a lo impredecible y a dejarme acariciar por esa lluvia que aunque ácida, es la naturaleza del lugar.
El cráter estaba completamente escondido en nubes, fue como estar parada frente a una inmensa pared blanca, cuando de repente una brisa suave las barrió como quien corre una cortina.

Fue como si una mano desde lo alto del cielo hubiera corrido las nubes para mi y para los que estábamos en ese momento allí.

No llegó a durar ni un minuto, pero se dejó ver.

Era todo lo que necesitaba para que la retina haga click y tome esa foto. Foto que jamás voy a borrar porque no fue el cráter que se hizo ver con discreción, fueron esos segundos en los que el volcán confabulado con el viento, hicieron su acto de magia que duró lo que dura un suspiro.

Solo un suspiro. 

La Naturaleza… Ella manda. 

Ella domina. 

Ella te muestra, te sorprende, te inspira, te castiga, te pone en tu lugar, te defiende, te protege. 

Y a nosotros desde ese lugar chiquitito desde donde la observamos, solo nos toca dejarnos sorprender.

 

 

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