Lejos de describir minuto a minuto lo que pasa en este viaje, en este blog describo sensaciones, aquello que me atraviesa, que me eriza, que me deja pensando, que me cuestiona o me emociona.
Si hay algo que noté desde el dia uno, es la pasión y el orgullo con la que los ticos y ticas presentan su país, su riqueza y su patrimonio ecológico.
Y así les podría nombrar a tantas personas que hicieron que mi viaje sea una experiencia distinta.
Como Eric y Didier.
Didier era el chef que nos cocinó en vivo, el día del picnic en el bosque, desplegando su sabroso talento en cada preparación.
Eric fue quien nos sirvió la mesa y presentaba los platos.
Ellos estaban entregados con vocación de servicio a ese momento para el que no había prisa ninguna, todo lo contrario.
Eric tenía una pasión oculta: el canto. Es rapero.
Es tico, pero de chiquito se fue a vivir a Estados Unidos y con el tiempo la pura vida lo sedujo más y regresó para reencontrarse con sus raíces.
Y la experiencia terminó para el, de una manera que no se esperaba: le pedí que cantara un rap.
Y así terminó, dejando el servicio por el canto y el baile.
Ahí afloró su pasión, se desinhibió, se soltó y nos regaló no solo un momento divertidísimo, sino un momento en el que mostró su verdadera pasión.
Hay pasiones que empiezan desde muy pequeños.
Como la de Gaby que fue la guía del Místico Park, una reserva privada de más de 200 hectáreas con puentes colgantes y flora y fauna autóctonas de lo más diversas.
Ella nos contó que en el colegio era “la rara” porque mientras sus compañeras salían corriendo cuando veían un sapo, ella se acercaba con ternura, tratando de convencer al resto que el sapo estaba más asustado que ellas.
Desde muy chiquita supo que el bosque era su lugar, su espacio y su conexión.
Y eso se notó durante las tres horas de recorrido en las que observaba y detectaba con una facilidad sorprendente desde un bicho palo hasta un mono aullador.
Pero además, cuando localizaba con su ojo entrenado una pieza, sacaba su telescopio y tomaba mi celular para captar la mejor imagen y poder verlos de cerca, sin invadirlos.
Ella hablaba de cada especie como si fueran su amigos, es más, nos presentó a una tarántula llamada Lolita, escondida en una cueva diminuta que solo ella podía haber encontrado.
Fue su pasión la que hizo que saliera de esa inmensa reserva con otra mirada, con aún más respeto y casi encariñada con aquellos arácnidos e insectos que muchas veces me erizan el cuerpo.
Solo un verdadero apasionado es capaz de contagiar su pasión.
Y Dani fue otro de ellos.
Él fue nuestro guía en Trapicheo, un cafetal en Monteverde que además destaca por la elaboración de caña de azúcar y cacao en menor escala.
Dani tenía un espíritu alegre, y como la mayoría en este país, antes de decir hola, saludan con una amplia sonrisa.
Su pasión brotaba y se percibía a flor de piel.
Lejos de hablar con tecnicismos sofisticados, el desarrolló todo con una sencillez tal que podías visualizar y comprender al mismo tiempo cada uno de los procesos con claridad.
El no relataba como un lorito el camino desde la planta hasta la taza, sino que lo romantizaba y te creaba la necesidad de preguntar.
También nos desafiaba con preguntas, generando una participación activa y más comprometida con lo que uno está visitando.
No es la primera vez que visito una plantación de café, pero si la primera vez que la tesis se convierte en la síntesis perfecta entra conocimiento, amabilidad y verdadera pasión por lo que hace.
Conocí también a los dueños del Trapiche, a tres de sus ya cuatro generaciones.
Algunos jugueteando sobre un tractor y a las generaciones mayores guiando a uno de los grupos de turistas y a Don Juan que con sus 72 años, sigue haciendo girar el trapiche para extraer el jugo de la caña.
Todos están allí, y no movidos por la necesidad de hacerlo, sino por la pasión de lo que su trabajo significa para posicionar a Costa Rica dentro de uno de los productores de café mejor calificados, no por cantidad, sino por calidad.
Podría seguir horas escribiendo por las tantas personas que atrapadas por su pasión hicieron que la experiencia fuera disfrutable y diferente.
Trabajar desde la pasión lo cambia todo.
Hay una entrega que es ilimitada, amorosa y muy generosa de su parte y eso no solo se siente, se agradece.


