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San Miguel de Allende: donde la magia se volvió patrimonio

San miguel de allende -simplemente rose

Hay ciudades que se conocen y hay ciudades que se sienten.

San Miguel de Allende pertenece definitivamente a las que se sienten.

Quizás por eso alguna vez fue llamado Pueblo Mágico. Aunque, después de caminarlo, una entiende que la magia no está en el nombramiento.

Está en su esencia, en su aire, en su ritmo.

Está en esas calles empedradas que obligan a caminar más despacio. En las fachadas color tierra, ocre, rojo y amarillo que parecen haber aprendido a guardar la luz del atardecer. En las puertas enormes que esconden patios, fuentes, buganvillas y jardines que uno jamás sospecharía desde la calle.

Está en las campanas que irrumpen en la conversación, en las iglesias, en las pequeñas plazas, en los vendedores ambulantes, en las artesanías y en esa mezcla maravillosa entre lo profundamente mexicano y lo cosmopolita.

San Miguel siempre fue un lugar de encuentro.

La ciudad nació en el siglo XVI vinculada al Camino Real y, por su posición, fue convirtiéndose en un cruce de culturas. Españoles, criollos y pueblos originarios dejaron aquí sus huellas y sus maneras de mirar el mundo. Ese mestizaje quedó escrito en su arquitectura, en sus casas y templos, en el barroco y el neoclásico que conviven en sus calles.

Qué decirles de la Parroquia de San Miguel Arcángel, elevándose sobre el Jardín como si no perteneciera del todo a la tierra. Sus torres neogóticas son la imagen que todos fotografiamos, pero quizá lo verdaderamente llamativo sea verla aparecer una y otra vez entre las calles y la frondosa vegetación, como una brújula poética que siempre nos devuelve al corazón de la ciudad.

San Miguel también lleva consigo la memoria de México.

Su historia está estrechamente vinculada al proceso de la Independencia, y me tocó estar allí durante su celebración. Pude presenciar ese grito vibrante de los mexicanos desde una terraza, que a las once de la noche exclaman con euforia: ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México! Una verdadera fiesta que termina con fuegos artificiales ya entrada la noche.

Pero hay algo que ningún reconocimiento puede explicar.

La verdadera magia de San Miguel sucede entre las piedras.

Sucede cuando cae la tarde y las fachadas cambian de color. Cuando una puerta se abre y descubre un patio inesperado. Cuando suena una campana. Cuando alguien se sienta en el Jardín simplemente a mirar pasar la vida. Cuando el aroma de la comida se mezcla con las flores y el incienso.

Tal vez ser un Pueblo Mágico nunca haya significado que allí ocurran cosas extraordinarias.

Tal vez signifique algo mucho más difícil de conseguir: que las cosas ordinarias, caminar, mirar, conversar, comer, sentarse en una plaza, vuelvan a parecernos extraordinarias.

Y eso es San Miguel de Allende.

Un lugar que alguna vez fue llamado mágico y que luego fue reconocido como Patrimonio Mundial, pero que no necesita ninguno de los dos títulos para seducirnos. Porque San Miguel no se visita solamente.

San Miguel se camina, se contempla, se escucha… y, finalmente, se siente.

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