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Tikal: donde el pasado sigue siendo presente

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Si hay un lugar donde uno comprende que el tiempo no siempre avanza en línea recta, es en Tikal.
Tikal no es simplemente un sitio arqueológico.

Es la prueba de que una civilización puede desaparecer sin que desaparezca su manera de entender el mundo.

La piedra permanece, pero lo verdaderamente importante sigue siendo invisible: una forma de habitar el tiempo, la naturaleza y el universo.
Caminar por Tikal es una experiencia profundamente sensorial.

Antes de ver los templos, se los escucha.

El rugido grave de los monos aulladores parece surgir de otra era; no sentí miedo, sentí impresión, porque no se podía ver el camino más allá de la luz de mi linterna que me había facilitado el guía.

El aire huele a tierra húmeda, a hojas en descomposición y a resina sobre todo a la que proviene del copal; la humedad envuelve el cuerpo con una densidad casi ceremonial.

La selva no funciona como escenario: es un personaje más en este recorrido cargado de misticismo.

Y recuerda, a cada paso, que durante siglos fue ella quien custodió estos templos, devolviéndolos lentamente al silencio.

Hay una lección filosófica en esa convivencia entre piedra y vegetación.

Occidente suele entender el progreso como una conquista sobre la naturaleza.

Para los mayas, en cambio, el ser humano no estaba por encima de ella, sino inserto dentro de un orden cósmico mucho mayor.

Los templos no buscaban dominar el paisaje, sino dialogar con él, alinearse con el movimiento de los astros y convertirse en un puente entre la tierra y el cielo.
Quizá por eso, en Tikal, uno experimenta una sensación poco frecuente: la de sentirse pequeño sin sentirse insignificante.

La inmensidad no humilla en ningún momento; nos ubica, nos redimensiona.

Nos recuerda que somos apenas un instante dentro de una historia infinitamente más extensa.

También conmueve pensar que aquello que hoy llamamos “ruinas” aunque yo prefiero referirme a sitios arqueológicos, alguna vez fue una ciudad vibrante: niños corriendo por las plazas, comerciantes, sacerdotes, artesanos, gobernantes, conversaciones, risas, conflictos, ceremonias.

Toda ciudad fue presente antes de convertirse en pasado.

Nosotros también estamos construyendo, sin saberlo, las ruinas del futuro.

Tikal obliga a preguntarse qué es realmente una civilización.

¿Lo que deja en pie, o la manera en que comprendió el mundo?

Los edificios impresionan, pero la verdadera herencia maya quizás sea otra: haber entendido que el tiempo no era un enemigo al que había que vencer, sino un ciclo al que había que aprender a pertenecer y sobre todo a respetar.

Y entonces sucede algo extraordinario.

Uno deja de visitar un sitio arqueológico y comienza, casi sin darse cuenta, a visitarse a sí mismo.

Porque hay lugares que no se recorren: se escuchan, se sienten y, sobre todo, nos transforman.

No es la primera vez que me pasa esto, tuve sensaciones bastante parecidas en Perú.

Son esos sitios donde uno comprende que las grandes civilizaciones no desaparecen del todo.

Lo que hoy vemos: templos, plazas, escalinatas, máscaras gigantes, altares, es apenas una pequeña parte de lo que alguna vez existió pero paradójicamente, no es la piedra la que permanece.

Lo que sigue vivo es mucho más difícil de nombrar, y es la manera de mirar el mundo.

Hay una energía serena que atraviesa estos lugares.

No sé si nace de la naturaleza, de la memoria, o de los miles de años de contemplación que guardan sus piedras.

Lo cierto es que uno percibe la sensibilidad que entendía que el ser humano no estaba separado de la tierra, sino que formaba parte de ella, que observaba el movimiento de los astros, escuchaba los ritmos de la naturaleza, y encontraba allí, el verdadero sentido de su existencia.


Creo que por eso Tikal y Machu Picchu conmueven tanto.

Porque más allá de lo que quedó en pie, nos permiten entrar, aunque sea por un instante, en la forma de vivir pero sobre todo de sentir de quienes lo construyeron.

Y esa sensibilidad, a diferencia de otros grandes imperios, no desapareció, sino que sigue habitando el paisaje y la emoción de quienes caminamos hoy entre sus ruinas.

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Créditos de la primera imagen: Foto de Canva

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